Tres, dos, uno, así contaba los días César Santana, tumbado sobre su cama un dos de agosto de 1988, esperando el disparo de salida. Había terminado su bachillerato treinta días antes, con la feliz noticia de que su aspiración de ser un hombre de uniforme se haría realidad. Desde niño su madre había alimentado esa idea que ahora él creía suya. Entrar en la Escuela Militar absorbía todo su pensamiento y deseos más profundos; sólo tenía un cómplice en esta felicidad su amigo cuadrúpedo Blas, un Golden retriever juguetón y leal que aceptaba con paciencia el carácter arisco de su amo.
Eso recordaba César una mañana lluviosa y gris, veinte años más tarde, asistiendo al encuentro de egresados de 1992. Mientras manejaba, su mente voló a los días felices de la Escuela Militar, donde había compartido con muchos compañeros ilusiones y largas horas de formación, que hoy eran sólo anécdotas, las cuales lograban hacerle sonreír. ¡Cómo no hacerlo! Al entrar se encontró con Armando Méndez, su primer compañero de litera, juntos recordaron cómo aprendieron y se enseñaron a coser ruedos, pulir botas, evadir superiores y ser amigos. Les parecía increíble cómo había pasado el tiempo, y la alegría del reencuentro iluminó la mañana carente de sol caribeño por una impertinente y sorpresiva lluvia.
Durante el desayuno las conversaciones giraron sobre los días pasados. Siete mil trescientos días vividos con intensidad, en diferentes lugares, conociendo personas, con la rigurosidad que implica ser un hombre de armas. Los primeros años mientras fue teniente, recorrió la selva descubriendo un gusto por la naturaleza y el silencio que jamás pensó disfrutar, pero que con el correr de los días se fue adentrado en su alma llegando a anhelarlo años más tarde. El tiempo sobre el suelo húmedo, donde contando hormigas respiraba soñando con el futuro, venían a su mente con más frecuencia. Días de órdenes que habían terminado por endurecer su carácter y paralizar su corazón, quizás esa era la posible razón de su actual soledad.
Fueron los años que trató sin éxito, de encontrar una compañera de camino. Una mujer que lo aceptará como era, y llenara de risa y alegría su vida. Le gustaba cantar aunque no lo hacía bien. La música tenía el don de hacerle olvidar y darle alas a su imaginación. Con los años, sus pensamientos perdieron la fuerza y desplazamiento vertiginoso del cóndor que tenía desde joven, y cambió por el esfuerzo agotador del colibrí que pese a batir mucho sus alas se queda en un mismo sitio; era esa una manera de no perderse en el camino.
Dedicó buena parte de su tiempo a leer y estudiar. Siendo un capitán versado en las artes militares, le resultaba fácil entablar largas conversaciones de táctica y estrategia, logrando ser admirado sinceramente por sus subalternos. Eran recuerdos gratos y brillantes, que venían a su memoria haciéndole pensar en el camino que andaría desde ese momento.
Desde el reencuentro no había dejado de pensar en su necia idea de estar solo, porque así era mejor. Se cuestionaba su falta de coraje, para abordar las relaciones y deseaba hallar la fortaleza para poder intentarlo. Vino a su mente la figura pequeña y graciosa de Adela, una mujer que lograba hacerle reír y vibrar sin necesidad de tocarlo ¿Qué le había impedido retenerla a su lado? Era tierna y se notaba que estaba atraída por él ¿Por qué había dejado de verla? Las ganas de verla de nuevo anidaron en su ser ¿Cómo podría hallarla? Buscaría algún amigo en común para contactarla, quizás buscando en las redes sociales sabría de ella ¿Estaría sola o casada? ¿Tendría hijos? De pronto una urgencia de saber de Adela se apoderó de él. Los siguientes días los empeñó en saber de ella y logró un número de contacto. Llamó y le respondió una voz infantil que lo paralizó: - ¡Aló! ¿Quién es?
César no pudo articular palabra por unos minutos. Escuchó de nuevo el grito infantil:
- Mamá no contestan ¿Cuelgo?
- No, ya voy.
No esperó a que le colgaran, él lo hizo primero. Contó: uno, dos, tres…volviendo el sosiego a su alma y aferrado por completo a su soledad.
Me encantó el final, entre sosiego y soledad. Qué manera de complacer al lector, al escritor y al editor. Un abrazo!
ResponderBorrar