Quisiera estar el resto de los días con el corazón inmóvil, que nada lo turbe, que no extrañe a nadie, que no sienta ausencia, que esté en paz. No puedo, no quiero repetir más la lección del olvido y el engaño, basta de correr tras los cariños lejanos, confusos, inciertos. Basta de amar… pero llegó.
Sólo puede ser un castigo o un regalo de Dios a mi deseo la llegada de tan exquisita y fantástica presencia. Hombre apuesto, gentil, interesante, considerado, caballero disciplinado, delicioso andar, abrazos de deseo… besos de pasión que atrapan… y debe serlo, pues es a la vez absolutamente inalcanzable. Empiezo a entender a Góngora “Tus besos, manzanas son de tántalo y no rosas”, tan cerca y tan lejos; eso en caso de no estar condenada a padecer el mito de tántalo, sin entender la razón.
En el intento de asomarme a su alma, he podido ver el fondo de sus ojos, hay en ellos rastros de una vieja tristeza, pero a la vez hay ternura y sorpresa genuinas, que se traducen en amables sonrisas.
De nuevo uno vuelve sobre la misma pregunta ¿Y dónde estaba?, supone uno que en la vida, en un camino alterno que de pronto convergió en un recodo del que uno transita, nace entonces la ilusión, la esperanza … y sin premeditarlo, el amor.
Tras lo vivido uno siente que lo arribado es como una hermosa ave, se la contempla en imponente vuelo y cuando al fin se posa uno no se mueve, sólo quiere que permanezca allí mucho tiempo para deleitarse con su sola presencia. Se teme que a la menor emoción, al sentir el aliento del deseo, retome su vuelo, y mate lo maravilloso de ese sentimiento que ya uno comenzó, sólo y sin consulta, a atesorar como algo muy hermoso que le pasó en la vida.
Qué mágico el disfrute de la mirada de lo amado, contemplar, oír, quizás rozarlo muy suavemente, y soñar con la absoluta posibilidad de poseerlo. El corazón ante tanto grito de deseo, distrae a la mente para que no imponga la sensatez que se necesita.
Amanecen los días, pasan las horas y uno está flotando en el aire de su propio sueño, en el hay espacio para el deseo y para la anhelada sensación de ser amado, pero al menor parpadeo uno entiende que el vacío es lo real y la soledad la única compañía.
A ratos el mundo resulta absurdo e indolente, jamás detiene su lenta marcha, no importa lo que pase, le resulta imposible sentir, cuesta creer que un sistema tan sensible, ordenado, hecho quizás para todos, no alcanza a todas las almas, algunas ni tan siquiera llegan a presentir lo inmenso de la vida. Muy ocasionalmente cuando les toca la muerte, valoran entonces ésta.
Para algunos tórnarse ese camino, tránsito ineludible donde somos sorprendidos por otro que aun sabiendo que no nos pertenece, ni pertenecerá jamás, lo hacemos nuestro, anhelamos robar su aliento y fundirnos en incomprensible argamasa, para desafiar los vericuetos del universo llegado el final, y ganarle al tiempo y a la vida.
Se necesita un amor que no admita condiciones, el que nace de la convicción mutua y el entendimiento de la más honda afinidad del ser, en lo corporal y en lo espiritual. Entonces nos desampara la libertad, y se rinde la razón, no hay defensa posible. Ante la pasión, la adoración y la voracidad sin freno, el alma logra al fin, fundirse en el amado, a riesgo de perderse a si misma para siempre; en ese momento lo amado tiene sobre nosotros todos los derechos humanos y divinos, la distancia y el tiempo desaparecen y alucinados le robamos un segundo a la eternidad, venciendo al fin el laberinto de la soledad.
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