martes, 30 de julio de 2013

Un Viaje de Verano

Un agosto caribeño, cuando los profesores tomamos los cursos de verano más por tradición que por vocación, se inicia esta historia, que de haber sido cierta da fe del instante que es la vida,  y de lo pequeño que es lo que solemos llamar gran universo. Al salir de una clase de introducción a la lógica, ya siendo la hora de almorzar tuve la idea de disfrutar a la sombra de las palmeras, que despreocupadas se mecen a la orilla del lago artificial diseñado por un maravilloso arquitecto que imaginó esta universidad, hasta la siguiente hora de mi clase.

Comencé a releer apuntes sobre Sócrates y los sofistas, intentando hallar nuevas frases que resultaran atractivas a mis alumnos, esos jóvenes ajenos al querer saber. Yo repetía en voz alta definiciones ya clásicas, que llamaron la atención de un hombre que pintaba las palmeras mientras disfrutaba una bebida, y que por el sonido de los hielos, asumí estaba fría.  Su voz fuerte y segura me sacó de mi pesar y recitar mecánico de conceptos:

-¿Aún tratan de entender al loco Sócrates?-
-Sí - Respondí por educación básica.
-¡Es sorprendente! …
- ¿Qué le parece tan admirable?
-La adicción del hombre a ver y vivir en el pasado… y disfrutarlo como futuro.
-Supongo que es una manera de hacer comprensible y con sentido el presente. Piense en un gran icono del renacimiento alguien que abarcó la pintura, la arquitectura, la botánica, escritura, escultura, músico, poeta, ingeniero, filósofo en resumen: un Da Vinci, un genio que modeló la forma de ver y apreciar el mundo.
-Puedo pensar en alguien así con sólo cerrar los ojos y pensar en la Florencia de 1490 y sentir el olor a pan recién horneado mientras contemplo el hermoso rostro de Jesús en la última cena.

El hombre hablo con tanta sonoridad y persuasión que cerré mis ojos y los abrí en la calle de los pintores en Florencia, ataviada con un hermoso vestido amarillo y asombrada, pero tranquila con mi Sócrates en la mano.  En la algarabía propia de un mercado se hacía lento el caminar. A la par pude sentir un fuerte olor a trementina que inundaba la angosta calle. Al final de ella el hombre del lago dirigía un proyecto, un par de alas atadas a un arnés para estudiar el vuelo mágico de las aves.  Al fondo se veían planos de helicópteros y máquinas de óptica e hidrodinámica. Con suavidad y cautela me acerque al hombre, como temiendo perder su imagen si hablaba alto. 
-¿Leonardo?  ¿Leonardo Da Vinci? ¡Claro!, ¿Quién más me podía haber traído del mecánico siglo XXI al efervescente renacimiento?

El hombre del lago se volteó y me miró atentamente. Ciertamente soy Leonardo, pero te aclaro que has sido tú quien te ha traído aquí.

-¿Pero cómo? Pregunté abrumada…
- Los libros, respondió calmadamente. Los libros no tienen tiempo, vencen el espacio, alimentan sueños, anidan amores, atesoran historias. Los libros tienen vida y  salvan al hombre de la peor de las enfermedades.

- ¿Cuál? Pregunté en medio de sueños hechos planos y bocetos…
-La soledad…

Cerrando el libro de Sócrates di por terminada la clase de ese agosto.


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