Ayer fue un día muy especial para Alejandro Serrada, pudo celebrar en el parque de la infancia un logro intelectual, su última novela. Tras años de haber estado distanciado de la familia por problemas de dinero y carácter, pudo volver convertido en figura pública y hombre sin penurias económicas.
A pesar de vivir en un país caribeño sin mucho desarrollo, Alejandro se las arregló para sacar provecho de las peores situaciones, y hacerse de un puesto en la mejor universidad del país. Su trabajo le permitía tener un sueldo, que sin ser alto, le dejaba vivir algo más que decentemente. Era un hombre sólo, sin compromisos aparentes, sin vicios y con alguna visión para invertir de forma rentable sus bonificaciones extras a final del año.
Era el mayor de cuatro hermanos, sus padres ejercían con esmero los oficios de electricista y costurera, con ello lograron sacar adelante a sus hijos, sacrificando placeres y deseos, por la responsabilidad de convertirlos en hombres de bien. Alejandro siendo el mayor, en un sin fin de ocasiones, fue más padre que cómplice de las aventuras de sus hermanos.
En la universidad su personalidad le hizo ganarse la simpatía de sus compañeros y alumnos. Era un hombre estudioso, disciplinado y muy comprometido con la enseñanza de la filosofía. Si bien no se le conocían relaciones amorosas, se sospechaba que las tenía apasionadas y conflictivas; lo uno por ser un hombre muy bien parecido, y conservado para sus cincuenta años, y lo otro por ser testarudo, y poco dado a perder la razón sobre un punto de vista.
De regreso a la ciudad el bautizo de su novela ocupaba todo su pensamiento, por lo que su atención en la carretera era casi nula, tal despiste le hizo caer en una zanja provocando que dos cauchos de desinflaran quedando varado en el camino.
Accidentado sin cauchos de repuesto, decidió buscar ayuda, lo movilizó la oscuridad del camino por el cual era poco probable que alguien pasara a esa hora, y de pasar que tuviera la intención de ayudar. Avanzó con paso ligero un par de kilómetros hasta encontrar una casa. Aliviado por el hallazgo no dudó en llamar a la puerta. Una hermosa mujer de amplia sonrisa lo atendió, Alejandro pensó es hermosa, pero no es lo que estoy necesitando ahora, también pensó: tendrá un esposo o hermano viviendo con ella que sí podrían ayudarme.
En tres frases Alejandro agradeció la atención y refirió su incidente. La mujer le respondió que vivía allí junto a quince perros, diez gatos, y un sin número de pájaros ya que ella se dedicaba al rescate de animales abandonados.
Alejandro escuchó pacientemente la historia del refugio, y trataba de entender qué había llevado a una gerente de ventas por demás hermosa, a dar un giro tan especial a su vida. La mujer le contó, que nunca se había imaginado que terminaría sus días, muy feliz, cuidando de ángeles de cuatro patas amorosos y juguetones, y explicando a quien quisiera oírla lo conveniente que era tener un amigo de hocico y cola para compartir la vida. A sus pies una dálmata de ojos alegres retozaba plácidamente, mientras se preparaban el café.
La mujer era de agradable y serena conversación. Dijo llamarse Yolanda. Sus palabras llenaron el espacio y tuvo la grata sensación de estar cómodo frente a una completa desconocida. Pasaron de un tema a otro sin mayores complicaciones hasta que salió el sol. Alejandro algo turbado por la grata emoción que le producía la presencia de la recién conocida mujer optó por volver a la carretera a tratar de resolver lo de su automóvil.
Trataron inútilmente de ubicar alguien cercano que los ayudara, pues en su despiste Alejandro había cruzado en el desvío equivocado y la casa de sus padres había quedado muy lejos para ir a pie. Yolanda se trasladaba a caballo para hacer sus compras más urgentes, de resto poco salía y leía mucho. Alejandro no tenía ni idea de las artes ecuestres, así que retomó el camino andando con paciencia para esperar ayuda.
No era un hombre de amor a primera vista y menos de amores predestinados. Mientras esperaba que alguien pasara no podía dejar de pensar en los ojos brillantes, que lo habían despedido en la puerta de la casa. Agitado volvió sobre sus pasos, se halló emocionado frente a la puerta, reflexionó un instante y se dijo convencido: Si cuando me abran la puerta aún sigue allí moviendo la cola me la llevo a casa.
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