martes, 30 de julio de 2013

Una Sombra Larga

Desde pequeño me gustaba jugar con mi sombra a la luz de las velas, pues lograba verla delgada, misteriosa, y lo mejor de todo alargada, muy alargada, lo suficiente para gustarle a una chica y conseguir un empleo de esos que solicitan saberes y buena presencia.  Con el tiempo pude afirmar que esa solicitud estaba relacionada con 1.78 de altura como mínimo, lo cual me dificultó mucho las cosas.
Me gustaba leer, pues esa era otra forma de alcanzar la tan anhelada solicitud. Los héroes suelen superar con creces el mínimo de altura, y si van a caballo, sin poner pie en tierra son inalcanzables, convirtiéndose en la fantasía de las soñadoras de cualquier época. Fuera de estas contadas ocasiones, la vida de alguien como yo es más que difícil y limitada, yo diría frustrante. El mundo está diseñado, y más en esta ciudad, para un estándar de talla, peso y personas poseedoras de los cinco sentidos, otras opciones están ausentes en las cabezas de los que urbanizan, tecnifican y crean el tan alabado progreso citadino.
Por ejemplo, los dispensadores de cualquier cosa, boletos, bebidas, tarjetas son un reto diario. Tomar el ascensor de un edificio público, o el metro me exponen a una asfixia segura entre dos estaciones. Lograr ser atendido, claro, primero lograr ser visto, requiere de mis mejores artes creativas, así que captar la atención de una fémina para entrar en su círculo de probables  parejas lo doy por descontado. Debo reconocer que soy bueno en las artes gastronómicas. La cocina es un ambiente donde se potencia mi ingenio, y capacidad de combinación,  para sorprender a las papilas más exigentes. Igual es la sorpresa cuando los clientes quieren conocer al creador de las recetas, y llega a su mesa un hombre más bajo de lo normal, pasando la conversación de la creación al creador. El mundo obvia que soy un ser humano que ama, que tiene un corazón que late fuerte y que desea. Un hombre pensante, cabal y divertido que en ausencia de los centímetros sabe vivir sin extrañar las alturas.
Dada mi situación, mi paso por la universidad fue todo un tropiezo, así que opté por una capacitación a distancia, logrando titularme en la Le Cordon Bleu de París con éxito. Lo uno porque los franceses si hablas bien francés te perdonan todo, y porque la cocina es el alma del restaurant, sin ella no hay vida, pero no está a la vista, lo cual me benefició por algún tiempo.
Por otra parte, en esta era tecnológica, es bastante fácil difundir un avatar con todo lo que anhelamos ser y poseer, e igual de fácil que es que los otros nos crean porque vivir entre mentiras da paz.
Así pasaba la vida entre pedir que por favor me alcanzaran cosas, y cuidando de no ser atropellado, cuando inicié un viaje que me llevó a conocer lugares y personas muy diferentes, en color, altura y cultura. Conocí a un hombre que escribía cuentos y que al verme decidió que yo sería la inspiración para su próximo héroe de novela, evento que dio un giro a mi cotidianidad; pues desde entonces decidí vivir en la ficción de un pequeño hombre lleno de poderes para vencer cualquier adversidad.
Tomé un nombre que me representara: Máximo Platarico me pareció adecuado, y tomé con seriedad mi rol, pero un día que había amanecido soleado y tranquilo, la tierra se estremeció causando el pánico y el caos con un terremoto inesperado, gritos de personas corriendo llenaban el aire, el polvo que levantaban al caer los edificios hizo el aire espeso dificultando respirar y haciendo correr lágrimas en los ojos de quienes atónicos contemplaban la escena. Yo mismo sentí que el piso se abrió bajo mis pies dejándome unos instantes en el aire para caer súbitamente en un foso, para mi suerte quedé enganchado en una punta de cabilla sin descender a una muerte segura.
Superado el susto, salí a ver qué había dejado a su paso la furia de la naturaleza, fue entonces cuando la niebla de la nada, me grita… No hay nadie.


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